LiberatoKani, Héroe de San Juan de Lurigancho

Aún no era adolescente y ya tenía harta furia contenida. En Lima le faltaba el amor y la alegría que disfrutó en la sierra. El rap fue su salida. Rapear en quechua, su compromiso. Acaban de gozarlo en Alemania 

Partió a Andahuaylas con su madre enferma. Mayor de cuatro hermanos, tenía 9 años cuando ella falleció. Allá conoció el quechua, también el amor y el coraje de su abuela. Regresó un par de años después, la pobreza, los problemas, lo tuvieron mal… hasta que conoció el rap. Construyó frases, rimas, así se reinventó. Dejó de ser Ricardo Flores, lo llaman LiberatoKani. Pronto se graduará como maestro. Mientras, en los micros, aquí, en Cusco, en Alemania, cada vez son más lo que oyen su voz.

DNI

Nombre:
Ricardo Flores Carrasco (LiberatoKani).
Edad:
23 años.
Distrito:
Caja de Agua, San Juan de Lurigancho.
Estudios:
Quinto ciclo de Educación en la U. Nacional Enrique Guzmán y Valle.
Cargo:
Cantante de rap.
Misión:
Cultivar nuestra cultura ancestral, crecer y madurar como artista, para llegar a ver en el público los resultados de su música.
¿Es cierto que aprendió el quechua para responder las burlas que recibía en el colegio?

Cuando llegué a vivir a la sierra, al principio me costó adaptarme. Con las primeras personas que me relacioné fueron los chicos de cuarto grado de primaria de mi colegio. Como era travieso, entre todos nos fastidiábamos, así me di cuenta de que había otro idioma: el quechua. No me llamó la atención hasta que me comenzaron a molestar en quechua. Me quedaba picón porque todos se reían. ¡Qué significa esa vaina! Averigüé, y supe que esos tíos me estaban ‘troleando’. ¡Ahí fue que busqué a un señor para que me enseñe! “Maestro, mucho me fastidian, ¡quiero responderles!”. Fue así que aprendí; y lo mejor fue que así pude apreciar cómo hablaba mi abuela.

De niño, aún en Lima, sus papás hablaban en quechua para que ustedes no los entiendan.

Ah, claro, se decían sus secretitos. Para mí, normal. Pero a los 9, en la sierra, en la chacota con los chicos conocí el quechua. Pero lo aprendí bien dialogando con mi abuela.

Ella es clave en su vida.

Inconscientemente, ella me enseñó. No me dijo: “¡Yo te voy a enseñar!”; aprendí dialogando con ella. Todas las palabras en quechua me las decía con mímica: “Warma qamuy”. No entendía ‘warma’, pero sí ‘qamuy’ porque con el brazo me pedía que me acerque; o: “Ricarducha, Ricarducha, mikunaykita mikui”, y se llevaba la mano a la boca: “Ah, la comida, tengo que comer”. ¡Todo me lo decía con mímica! Y sin darme cuenta, en tres meses ya hablaba quechua. Viajábamos a diferentes anexos. Mi abuela es una excelente cocinera, bailaba como danzante de tijeras, hacía teatro callejero. ¡Era una clown andina! Y yo creo que uno tiene que aprender a apreciar el arte de sus papás o de sus abuelitos.

No es raro entonces que se haya hecho músico.

Jamás habría sido músico si no hubiesen pasado tantas cosas en mi vida: la enfermedad y muerte de mi madre (la razón por la que partió y vivió dos años en Andahuaylas, Apurímac), las trabas que tuve desde niño, los problemas económicos… Todo lo que pasé cuando regresé a la capital.

¿Qué fue lo más duro?

Que no hubiera para comer. En la sierra sí tenía. A los 12 maldecí la hora en que regresé a Lima, porque allá lo tenía todo; pero aquí nací, y como aquí viví mi infancia, creía que iba a estar todo bien. Pero no fue así. Pasé por cosas muy feas…

Y ese sentir lo volcó a través del rap, género musical que tiene un origen rebelde.

El rap me dio las alas para poder volar, para poder estar tranquilo, fue el elemento que me permitió abrir mi alma, mi corazón, y desfogar todo lo que tenía guardado: rencor, odio…

¿Furia?

¡Furia! Me apretaban el corazón y no me dejaban avanzar. Pensaba más en los problemas que en mí mismo. Eso no me permitía estar tranquilo.

“Jamás habría sido músico si no me hubiesen pasado tantas cosas en mi vida”

Comenzó a liberar esa avalancha. Pero, ¿había público para esa descarga?

En un inicio, no, porque solo hacía arte para sentirme bien. Hacía rap donde quería: en las calles, alamedas, en el colegio; lo hacía para que me vea mi amiga (ríe)… Estaba en tercer año (de media), me ponía a hacer beat box (recrea el sonido), ¡lo hacía lo más fuerte que podía para que ella me escuche y salga! Y cuando eso hacía, me sentía bien… Me gusta que la gente aprecie lo que hago. Me hace sentir bien.

Formó su agrupación: Quinta Rima.

Sí, un grupo de chicos a los que admiro.

Cantaban en los micros.

En ese momento, no. Eso lo trajeron los colombianos. La primera vez que vi a chicos rapeando en los micros fue en San Juan de Lurigancho. Eran dos colombianos. “¡Guau!”. A ninguno se nos había ocurrido ‘carrear’: subir a los micros. Unos comenzamos a hacerlo, otros no. La experiencia de integrar el grupo fue bien bacán.

Uno de ellos le propuso incluir rimas en quechua.

Claro. Me estaban insistiendo -a la salida de la academia-, que suba a un micro y rapee en quechua. “¡Sube, sube!”. Subí con todo, estábamos en la Av. Abancay y una chica me quedó mirando, me pidió mi número de teléfono y tres días después me hizo una nota grandaza en el Trome. Fue bien loco, todos en la universidad tenían el periódico. Dos semanas más tarde, una señorita me contactó y tras una serie de reuniones decidió que sea el telonero de Uchpa y La Sarita en un concierto en el Gran Teatro Nacional.

Eso fue el 2015.

El 2015. ¡Nunca voy a olvidar ese evento! Era un principiante, recién empezaba a mejorar, a encontrar mi línea…

Ya era solista.

Recién… Tenía un tema. ¡Uno solo! El mismo día inventé otros…

¿En ese mismo momento?

Sí (ríe)… Inventé y salió chévere.

Bueno, el rap también es improvisación, ¿no?

Pero, ¿improvisar en quechua? ¡Hasta a mí se me hace difícil!

Un punto clave es que lo entiendan. ¿El público lo entiende?

En un principio, me dijeron: “No hay que hacer rap en quechua, nos van a entender solo dos, tres personas”. Pero el primer tema que sacamos –“Hip Hop Rurachkani”- se viralizó y el grupo creció un montón. “¡Ya pues, cholo, hay que hacer más!”. Me dijeron que no; y ya después del concierto en el Gran Teatro Nacional, le di con todo.

Se independizó.

Me aferré a hacer rap en quechua, aunque para entonces lo había dejado. Tenía muchos obstáculos por parte de mi familia. “¡Qué vas a ganar con eso!”. Decían que era un vago. Me rompieron el parlante…

¿Cuál fue su reacción?

Durante siete meses no hice nada, me quedé callado. Me dediqué a estudiar. Pero de ahí, le di con fuerza. Parecía que había estado tomando impulso. Me fregaban, ¡más impulso tomaba yo!

Así nació su disco.

¡Claro! En silencio prendía la computadora a las cuatro de la mañana y me amanecía haciendo los temas.

Antes era común que un hijo de quechuahablantes se avergüence del idioma de sus padres, a usted no le pasó eso.

Al contrario. Yo veía a chicos oprimidos por la sociedad, por su propio entorno, y a mí eso me daba cólera. ¡Por qué pasa eso! Por qué si no estamos fuera, ¡estamos en Perú! Aquí no tendría que haber ese trato despectivo, ¡todos somos cholos!

¿De dónde le viene esa manera de ver las cosas de otro modo?

Cuando conocí el rap, me di cuenta de las cosas que viví en la sierra. De no haber sido por el rap, simplemente habrían pasado. Agarré el rap, y cuando lo fusioné con lo andino se me encendió una energía, una rebeldía, ¡las ganas de transformar! De seguir -de alguna manera- el trabajo de Arguedas, que es una influencia muy fuerte en mi música.

Ha conseguido que muchos chicos se interesen en el quechua. Gracias a usted, en Huancayo una profesora tiene hoy varios alumnos.

Oye, sí. Fue bien loco. No pensé que fueran a llegar tantos, y se llenó el taller (ríe)… Estando allá me subí a un micro para conocer la reacción de las mamachas, de las abuelitas del pueblo. ¡Quería saber cuál era su reacción ante mi propuesta! Fue impactante. ¡Recibí el apoyo de todas las mamachas!

¿Cuál fue la reacción de ellas?

Su reacción fue: cinco soles, diez soles, dos soles. ¡Esa fue su reacción! (ríe)… No creo que alguien te dé una colaboración por algo que no le gustó. Una abuelita me agarró de la mano y me dijo: “Sigue así, papá. Estás muy bien”; y me pidió una más. Lo mismo me pasó cuando fui al Cusco. Me compraron mi cd el chofer, la cobradora, e incluso detuvieron el carro para que cante una más. Fue algo bien-bien loco…

Acaba de estar en Alemania con la Marca Perú. ¿Qué tal la experiencia ante gente que de hecho no le entendió nada?

La gente de allá aprecia mucho lo nuevo, y esta fusión del hip hop con instrumentos y música andina, además del idioma, les asombró; y yo estaba contento. No me entendían, pero sí entendieron el espectáculo, porque todo lo teatralicé.

Estudia Educación y hace rap, o sea que cuenta con una herramienta potente para llegar a los chicos.

Sí. Aunque he visto chicos que no hacen caso. Hablan entre ellos, se ríen; he sentido que hablaba solo, y eso que recurría a métodos para llamar su atención…

¿De qué años?

Secundaria. Pero cuando fui a primaria, la intensidad fue otra. ¡Esos chicos están con unas ganas enormes de aprender! Les pregunté: “¿El castellano es un idioma peruano?”; y me sorprendió que todos me dijeran que no. “¿Qué idioma es originario del Perú?”. “¡El quechua!”. Y entonces aproveché y: “El quechua/ es resistencia/ El quechua…”; y los chicos: “¡Resistencia!”. Fue una locura. Una amiga lo grabó. Lo chicos se abalanzaron: “¡Rapero, rapero!”, me decían. Ahí me di cuenta de que se tiene que trabajar con una didáctica especial, que llegue a los niños. Con ellos se puede trabajar bien bacán.

Bueno pues, es rapero, va a ser maestro y ama lo andino, así que tiene chamba para rato.

Sí. Tengo un montón de ideas que quiero concretar para la enseñanza del quechua a través del rap. Espero que se pueda dar, aunque si no cuento con el apoyo del Estado, ¡igual lo voy a hacer!

 

 

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